12/4/20

Garin y sus amigos - Capítulo 2: "Problemas a la mexicana."


Capítulo 2: "Problemas a la mexicana."




—Recuérdame que nunca más vuelva a confiar en tus amigos, Patrick. —comentó Garin, agobiado por el encierro que significaba esa fría celda.
—Se volvió loco cuando vio el aparato ese. Antes había actuado con normalidad. ¿Qué le pasará? —dijo el perro salchicha mientras pensaba en la causa que podría haber desencadenado en el extraño comportamiento del hombre.
—Se los dije, meternos en este asunto era una completa locura. ¿Por qué no habré hecho algo más por detenerlos? Soy una inútil. —mencionó Teresa comenzando a llorar.
—Deja tus autolesiones verbales para otro momento. Estamos aquí encerrados y necesitamos escapar —exclamó el pastor alemán—. Repitan conmigo: Juntos somos invencibles.
—Juntos somos invencibles. —repitieron los demás perros.
—Si estamos unidos... —Todos repitieron eso, a excepción de Patrick, quien percibía un olor con su nariz.
—Huele a comida mexicana. —dijo para sí mismo el alargado.
—....salvaremos al mundo de la comida mexicana...espera, ¿qué? —Garin enfureció ante lo que el perro salchicha le hizo decir.
—Oye, ¿y para cuándo salvar al mundo de la comida italiana también? —bromeó Max, recibiendo un puñetazo en la cara por parte de Sebastian.
—Si antes te quería, ahora te amo, fortachón. —mencionó el pastor alemán.
—Pero todavía seguimos sin saber cómo salir de aquí. ¿Que haremos? —preguntó Arturo, pero una acción del pitbull enmudeció a todos.
Simplemente con acercarse a las rejas y tirar de ellas sin hacer mucho esfuerzo, las arrancó de su lugar dejando el paso completamente libre para salir de ahí.
Corriendo lo más rápido que pudieron, lograron salir de la prisión sólo para saber que estaban más complicados de lo que creían.
—¿Pero qué...? ¿La prisión está dentro de una base militar? —preguntó Arturo observando el nuevo paisaje que tenían delante.
—Todas las prisiones del país están militarizadas. Ya lo sabía yo, pero no lo dije por la vagancia que me da hablar. —respondió Max.
—Esa vagancia tuya...no sé siquiera cómo haces para respirar. —dijo Teresa.
—Esa es de las tantas cosas en el mundo que nunca podrán contestarse.
—Oigan, perros, tenemos que encontrar la forma de salir de aquí. —Garin quería que todos se pusieran a pensar en algo, por supuesto, pensar era lo que menos hacían todos.
—Comprémosle un misil a China y disparémoslo contra este lugar.
—Robémonos algunos tanques y disparemos contra todo lo que se mueva.
—Consigamos ametralladoras y vaciémoslas contra todos los soldados.
Obviamente, ninguna de las propuestas era algo útil.
Una vez más, fueron salvados por Sebastian, quien señalando un pasamontañas colgado en una pared de una pequeña cabina de seguridad donde un soldado dormía cuando debería estar vigilando que no se escapara ningún recluso, le dio una gran idea a Garin.
***
Caminando lentamente, e intentando hacer el menos ruido posible, los perros se movían ocultándose con todo lo que podían para no ser vistos. Llegado un punto, el pastor alemán tomó un camino diferente al de los demás sin darse cuenta, metiéndose en un campo de práctica de lanzamiento de granadas.
Su condición de oculto, estaba tan bien logrado que los soldados arrojaron uno de esos artefactos explosivos directamente a donde estaba Garin, sin percatarse de su presencia. Cuando el objetó estalló, el cuerpo del can, que se encontraba justo encima, quedó totalmente negro y humeando levemente.
《Decidido. Desde hoy, odio las granadas.》
Los otros cinco, continuaron la marcha sigilosa hasta lograr salir de las instalaciones. Una vez fuera, se enteraron de la ausencia de Garin entre ellos.
—Oigan, chicos. ¿Dónde está Garin? —preguntó Max.
—Debe estar golpeando en la cara a los tacos y los tamales. —respondió Patrick bromeando.
—No puede ser, lo hemos perdido. Debí de haberlo cuidado más. Soy una inútil. —dijo Teresa deprimida.
—¿Quieres que te diga algo, amiga? Cuando quieres, puedes ser excesivamente insoportable, y hoy pareces estar particularmente inspirada. —comentó el husky buscando el silencio de ella.
Todos se quedaron completamente en silencio por unos momentos pensando en dónde podría estar Garin, pero algo repentino les dio la respuesta de una manera inesperada.
Una fuerte explosión ocurrió dentro de la zona militarizada, y una extraña bola negra salió volando hasta caer cerca de ellos. Ésta, se trataba de su amigo, el pastor alemán. Su pelaje estaba totalmente negro y emanaba mucho humo. Todo eso, era acompañado por unos leves gemidos de dolor.
La situación no resultó nada preocupante para Max, Patrick y Arturo, quienes estallaron en una fuerte carcajada al verlo. Por otro lado, Teresa simplemente se alivió por saber que se encontraba bien, y Sebastian no mostró sentimiento alguno, mostrándose simplemente como una imponente roca con forma de perro.
—¿El picante de la comida mexicana fue mucho para tí? —bromeó el perro salchicha.
—Me duele todo. —Tras mencionar esas palabras, Garin quedó inconsciente en el suelo...bueno, no tanto. Sólo se quedó dormido, teniendo que ser cargado sobre su lomo por el pitbull.
Con el sol poniéndose en el lejano horizonte que se extendía tras una vista de infinito césped a los costados, la prisión militarizada detrás, y una ruta delante.
—¿Hacia dónde vamos? Si te soy sincero, estoy bastante perdido. —dijo Max mirando en todas direcciones.
—Bueno...veo más cantidad de autos yendo hacia allá —Patrick señala hacia la derecha de ellos—. Si tenemos en cuenta que es jueves y el viernes es feriado, estamos en plenas vísperas de fin de semana largo, por lo que más gente irá hacia ciudades turísticas para disfrutar esos tres días. Debemos ir en dirección a la metrópolis, la que recibe menor cantidad de vehículos. —La conclusión del dachshund sorprendió a todos, pero finalmente decidieron seguirlo en la dirección que él indicó.
***
Luego de haber caminado durante una hora, finalmente llegaron a destino...o eso creyeron. Habían llegado a una ciudad, de eso no había dudas, pero definitivamente, no era la que conocían.
—¿Se puede saber dónde es que estamos? —preguntó Garin en medio de un bostezo, despertando de su siesta.
—Lo mismo me gustaría saber. —respondió Max intentando reconocer algo de la ciudad, algo que fue imposible.
Sombreros altos, calaveras decoradas, jalapeños, mariachis, bigotes grandes...
—...¿Nachos, tacos, burritos, tamales, tequila?...bien, creo que llegamos al lugar de ensueño de Garin. —dijo Patrick continuando con su broma.
—Amigos, debo informarles que estamos en México. —comentó Arturo.
—¿México? ¿Acaso caminamos casi trescientos mil kilómetros? —preguntó Garin sin entender cómo es que habían llegado a tal lugar.
—No. Cuando nos arrestaron, nos durmieron y nos subieron a un avión donde viajamos por unas diez horas. Los galgos somos muy enérgicos, asi que lo que sea que me pusieran, no me hizo efecto, por eso fui testigo de todo. Se los iba a comentar, pero me dio vagancia.
—Esperen, si estamos tan lejos, ¿cómo haremos para devolverle el aparato ese a su dueño? —consultó Max preocupado.
—¡Hola, chavos! —Repentinamente, una eufórica voz masculina interrumpió la conversación de los perros—. Bienvenidos a Monterrey. Súmense a la fiesta, ¿desean un poco de tequila?
—¿Tequila? ¿Y eso qué se supone que es? —El pastor alemán sintió mucha curiosidad por aquello que el extraño hombre vestido como mariachi, le había ofrecido.
El señor, quien también tenía un gran bigote estilizado y cargaba una guitarra en su espalda, le acercó un vaso de cristal con un líquido amarillo. En cuanto Garin terminó de beber todo de un solo sorbo, su cabeza entera se puso roja, y con un gran grito, salió volando mientras su boca lanzaba un fuego rojo.
—A propósito, gracias a mi insomnio, logré saber también que traerían el aparato ese a México, aunque desconozco a qué ciudad lo harán. —continuó Arturo.
—¿Dónde creés que podrían estar? —preguntó el husky.
—La verdad, no tengo ni siquiera material para suposiciones. Pero podríamos empezar buscando aquí, y de paso conocer un poco de este lugar.
—Bueno, estamos en México, y llegamos en plena celebración del día de los muertos. Busquemos a Garin y vayamos a probar el famoso pan de muerto.
—¿Qué? ¿Vamos a comer a un muerto? —preguntó Patrick, sobresaltándose por el nombre de esa comida.
—¿Y qué? Cuando comes una hamburguesa, estás comiendo una vaca muerta, ¿o esperabas comerla viva?
—Juro que a partir de ahora soy vegano.
—Ya basta, deja tus idioteces. Vayamos a por él. —Los cinco canes marcharon en dirección hacia donde vieron caer al lanzallamas Garin. 





Continuará...