Capítulo 4: "Plaza Roja."
Todos miraron al lugar donde Sebastian estaba señalando: un depósito abandonado. Ninguno de los dos creyó que podrían encontrar algo en un lugar así, pero sin dudas, no podían dejar de buscar en ese lugar.
—Espero que encontremos algo en ese lugar, porque sino perderé la fe que tenía en él. —comentó Teresa mientras iniciaba su caminata hacia aquel lugar junto a los demás canes.
—Sebastian es Sebastian, nunca se equivoca. A veces pienso que es el único que vale la pena de entre todos nosotros. —respondió Arturo intentando tranquilizarla. —Si tu lo dices...entonces me cuesta creer.
—¿Y por qué? ¿Alguna vez les mentí yo a ustedes? —preguntó el galgo muy confundido ante las palabras de la collie.
—Nos ocultaste muchas cosas. Que nos durmieron, que nos trajeron lejos, que somos víctimas de una persecución política...¿qué más no nos estás diciendo?
—Espera...¿cuándo dije lo último?
—Mientras estábamos comiendo, hace un rato. Se te escapó que te olvidaste de decirnos que nos busca el gobierno de Estados Unidos para condenarnos a muerte por tener en manos el extraño aparato que encontramos en aquel callejón.
—Bueno...la verdad, sí que me pasé de raya con mi vagancia. Debí haber dicho todas las cosas en su momento. Así nos hubiéramos evitado tantos problemas de semejantes proporciones. —soltó Arturo.
—¿A qué te refieres con eso? —consultó Patrick sumándose a la charla.
—Es que... —el galgo se entristeció de repente—...el objetivo de esa máquina es eliminar las mutaciones en los animales. Creo que eso ya lo sabíamos, pero...¿por qué permitirlo?
—Es cierto que somos felices llevando esta vida a nuestro estilo, pero después de todo somos perros. Deberíamos limitarnos a comer, dormir, proteger la casa de nuestro amo, y mover la cola cuando nos alegramos. Míranos. Viajar en avión, beber tequila, comer usando cubiertos, o ir de compras...dime, ¿esas son cosas que debería hacer un perro? —respondió seriamente el dachshund.
—¿Y tú simplemente prefieres escapar a los problemas con una salida rápida y fácil? Ese no es el Patrick que yo conozco. Mi verdadero amigo, aprovecharía las ventajas que le de esta mutación.
—Algo molesto, Arturo apresuró su paso para adelantarse y alejarse un poco del perro salchicha.
—A ver si dejan de matarse allá atrás que ya llegamos. —exclamó Garin parándose sobre sus patas traseras para admirar el depósito abandonado.
—Bien, pero deja de hacer piruetas y mejor entremos rápido que me mata la ansiedad. —dijo Max con mucho entusiasmo.
Los seis empujaron con fuerza la pesada puerta de madera y lograron entrar. Aparentemente, no había nada más que máquinas oxidadas y llenas de telarañas, pero al fondo, y de frente a ellos, se encontraba el perro lleno de cicatrices que habían logrado ver con anterioridad, llevando el artefacto que tanto estaban buscando.
—Oh, miren. Es el sujeto agradable que nos cruzamos hace un momento. ¿Cómo estás, galan? ¿Cómo te trata la vida? Por cierto, esa cosa que tienes ahí la encontramos nosotros, y estamos interesados en recuperarla para llevarla a quien le pertenezca. —dijo el pastor alemán intentando sacar una voz de locutor.
—¿A quién le pertenezca? Ja, ja, ja. Pero si soy yo el dueño de esta cosa, malditos entrometidos. Ustedes se pasaron todo este tiempo estorbando mis planes, pero eso terminó hoy. Ya verán. Les voy a dar una pequeña muestra. —El perro extraño, apoyó el aparato en el suelo y lo encendió. Un rayo de luz salió disparado en dirección a Garin, pero gracias a que Teresa logró empujarlo, lo salvó de ese destino, recibiendo ella tal impacto. Cayó inconsciente, y no reaccionaba a nada.
—Teresa, amiga. ¿Estás bien? ¡Respóndenos! —Llorando, Patrick intentó hacerla reaccionar pero todo fue inútil. Ella no despertaba.
—Bueno, ya vieron de lo que esta maravilla es capaz de lograr. Ahora me tengo que ir, debo encontrarme con unos aliados en la plaza roja. Los espero a los seis...perdón, cinco. Cierto que se quedaron sin ella. Ja, ja, ja, ja. —Riendo malévolamente, el pastor alemán herido, escapó por un hueco en el techo del depósito, llevándose consigo el artefacto.
—Grr, juro que te voy a detener, maldito. ¿Oíste? ¡Voy a ir a por tí, y te vas a arrepentir! —gritó Garin totalmente envuelto en una fuerte sensación de furia.
Con todos compartiendo la misma sensación de odio y furia, excepto por Patrick, quien sentía cierta tristeza, todos partieron al lugar mencionado por el can para enfrentarlo. Todos se fueron, creyendo que Teresa había muerto, dejaron su cuerpo ahí, completamente decididos a vengarlo.
Caminaron por las calles durante bastante rato, ya casi se hacía de noche. Estaban muy perdidos, y no sabían hacia dónde ir, por lo que pararon en un restaurante a preguntarles a dos personas sobre donde quedaba esa Plaza Roja. Dos clientes del lugar: una mujer joven con lentes, que dibujaba hombres sensuales en su cuaderno, y un hombre quejoso con máscara de caballo, les dieron la respuesta que necesitaban: dos calles en dirección norte, y tres en dirección este. Ahí deberían encontrar ese lugar.
Desearían haber podido llorar y entristecerse por la pérdida de su amiga, pero la furia que los invadía, no se los permitió. En lugar de eso, sólo buscaban venganza. Se habían transformado en monstruos que buscaban hacerle pagar a ese perro por lo que le hizo a Teresa. Siguiendo las indicaciones recibidas, lograron llegar hasta una plaza. A primera vista, no había nada en particular, sólo muchas decoraciones de calaveras con flores, típico de las fechas en que se encontraban, pero cuando se adentraron en ella fue que encontraron lo que buscaba. El can con un demacrado aspecto, se encontraba parado frente a una extraña máquina. Lucía como un gran tubo luminoso celeste, con varias cañerías que lo conectaban a las mismísimas nubes...o algún otro dispositivo colocado a mucha altura.
—Ya detente, malvado. No harás semejante cosa. —exclamó Garin.
—Ja, lo siento. La culpa fue tuya, tonto. Tú te empeñaste en buscar a los dueños de esa cosa por empezar. Gracias a ustedes es que yo tuve esto demasiado fácil, ahora si me disculpan...tengo cosas que hacer, asi que no molesten más —El perro al que le pertenecía el misterioso aparato, presionó un botón rojo que activó una trampa con la cual, encerró a los otros cinco amigos cánidos, en una jaula indestructible. Luego de eso, tomó algo de cinta y amordazó a todos menos a uno—. Ja, mejor no gasto cinta contigo, si ni siquiera puedes hablar. —dijo entre risas, generando algunas lágrimas en el pitbull.
—¿La máquina está en proceso? —preguntó un hombre vestido de traje que ocultaba su rostro con las sombras de los árboles.
—Estoy en eso, pronto iniciaremos. Antes, déjame encargarme de estos estorbos —dijo el pastor alemán malvado, regresando a los cinco amigos—. En cuanto a ustedes...la contraseña para abrir la jaula es "Furywar", o presionar nuevamente el botón rojo...ah, cierto que están encerrados y enmudecidos. Ja, se van a quedar ahí para siempre, estorbos.
De pronto, un ladrido irrumpió en el lugar y unos pasos se escucharon.
—No puede ser, dijiste que ya no nos molestaría. Me has engañado por última vez, no volveré a confiar en tí. —dijo enojado, el hombre que ocultaba su rostro en la oscuridad.
Continuará...
